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Leer puede ayudar a evitar el Alzheimer [Estudio Científico]

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La enfermedad de Alzheimer (EA) es una afección padecida por miles de personas de edad adulta, quienes con el paso del tiempo pierden facultades mentales. Los riesgos de sufrir esta enfermedad pueden disminuirse practicando la lectura, según estudios científicos.

El trabajo en América del Norte, Europa, Asia y Oriente Medio ha demostrado que la incidencia y la prevalencia de la EA es menor en sujetos con niveles de educación relativamente más altos. Según el estudio de East Boston, cada año de educación reduce el riesgo de EA en un 17%.

Aunque los mecanismos de protección proporcionados por la educación siguen siendo desconocidos, se ha propuesto que los efectos protectores de la educación están relacionados con la reserva neuronal; los individuos con niveles más altos de educación son más resistentes a los efectos de la enfermedad en la cognición debido a la mayor complejidad sináptica. También se ha demostrado que el logro laboral protege contra la enfermedad.

Pero la educación y la ocupación no son el único mecanismo de defensa contra la EA. Las actividades recreativas también son indicaciones de las formas en que se utilizan las habilidades cognitivas y otras en la vida diaria.

Planteamiento de una nueva hipótesis

Se ha planteado la hipótesis de que las tareas recreativas, además de la educación y la ocupación, protegen contra el desarrollo de EA. Los esfuerzos mentales que implican ciertas actividades de ocio, pueden reflejar con mayor intensidad los factores neurológicos que la educación o la ocupación.

Las características patológicas de la enfermedad de Alzheimer son más profundas en el sistema límbico y las neocorticidades temporales, frontales y de asociación, y en las áreas basales del cerebro anterior involucradas en el aprendizaje, la memoria, la emoción, el juicio, la abstracción, el lenguaje y las funciones ejecutivas. Por lo tanto, se plantea la hipótesis de que las actividades intelectuales que implican el aprendizaje y la memoria (como la lectura) serían las más protectoras contra el desarrollo de la enfermedad.

Comprobando la hipótesis planteada

Los encargados de realizar el estudio (link al estudio) para comprobar la hipótesis de que las actividades intelectuales protegen contra la EA, fueron Robert P. Friedland, Thomas Fritsch, Kathleen A. Smyth, Elisabeth Koss, Alan J. Lerner, Chien Hsiun Chen, Grace J. Petot, y Sara M. Debanne, de la Universidad de Cleveland.

Para comprobar la hipótesis planteada, el grupo de investigadores realizó un estudio de casos y controles, donde se recopilaron datos de cuestionarios sobre 26 actividades no ocupacionales entre las edades de 20 a 60 años.

Los participantes incluyeron 193 personas con EA probable o posible y 358 miembros sanos. Los sujetos participaron en el Estudio de casos y controles de la enfermedad de Alzheimer en el hospital universitario «Case Cleveland Reserve» de la Universidad de Cleveland – Estados Unidos, que inició en 1991.

Los patrones de actividad para las actividades intelectuales, pasivas y físicas se clasificaron mediante la adaptación de una escala publicada en términos de “diversidad” (número total de actividades), “intensidad” (horas por mes) e “intensidad de porcentaje” (porcentaje de horas totales de actividad dedicadas a cada categoría de actividad).

El estudio indicó que el grupo de personas sanas fue más activo durante la mediana edad que el grupo con probabilidad de EA para las tres categorías de actividad. La proporción de probabilidades para la EA en aquellos que realizan menos del valor medio de las actividades fue de 3.85. El aumento en el tiempo dedicado a las actividades intelectuales desde la edad adulta temprana (20-39) hasta la edad media adulta (40-60) se asoció con una disminución significativa en la probabilidad de sufrir la EA.

Resultados en detalle

Los resultados indican que los pacientes con EA son menos activos en la mediana edad (edad temprana y media) en términos de actividades intelectuales, pasivas y físicas que los miembros del grupo de personas sanas.

Los niveles más bajos de actividad en pacientes con EA se presentaron en las medidas de actividad intelectual, pasiva y física. Estas diferencias no estaban determinadas por los diferentes niveles educativos en los dos grupos. Los resultados indican que la baja participación en actividades en la mediana edad (además de los bajos niveles de logros educativos y ocupacionales) es un factor de riesgo para la enfermedad.

Se encontró que la diversidad de actividades intelectuales, pasivas y físicas protegían contra el desarrollo de la EA. La hipótesis de que las actividades intelectuales son protectoras se confirmó, pero los efectos se observaron también en las actividades físicas y pasivas. Sin embargo, las diferencias entre los miembros de los grupos con probabilidad de EA y de personas sanas, fueron mayores en lo que respecta a las actividades intelectuales.

Las razones de probabilidad mostraron que las personas que estaban relativamente inactivas (para actividades intelectuales, pasivas o físicas) tenían un riesgo alrededor del 250% mayor de desarrollar EA. El grupo de investigadores ha informado que el ejercicio físico protege contra el desarrollo de la enfermedad. Hay muchos efectos beneficiosos de la actividad física que pueden estar relacionados con un menor riesgo de EA: menor peso corporal, mejor dieta (incluido un mayor consumo de antioxidantes y menor ingesta de grasa), mejora de la presión arterial y la salud cardiovascular, así como efectos beneficiosos sobre la coagulación sanguínea.

Se concluye que la diversidad de actividades y la intensidad de las actividades intelectuales eran reducidas en pacientes con EA en comparación con el grupo de personas sanas. Por lo que practicar actividades intelectuales protege a los individuos de padecer de EA.